astralzone - víctor m. martínez
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Astrólogo en su Estudio
Leemos en la obra del Gran Maestro del Ocultismo del Siglo XIX, Eliphas Lévi Zahed (1810-1875, seudónimo de iniciado de Alphonse Louis Constant),que de todas las artes derivadas del Esoterismo de los antiguos, la Astrología es ahora la menos desconocida. Ya no se cree más en las armonías universales de la naturaleza y en el encadenamiento necesario de todos los efectos con todas las causas. Por otra parte, la verdadera Astrología, la que está ligada al dogma universal y único de la Tradición Esotérica, ha sido profanada por los griegos y por los romanos de la decadencia; la doctrina de los siete cielos y de los tres móviles, el carácter de los planetas, gobernados por ángeles cuyos nombres han sido cambiados por los de divinidades del paganismo, la influencia de las esferas unas sobre las otras, la fatalidad que va unida a los números, la escala de proporción entre las jerarquías humanas, todo, todo esto, ha sido materializado y hecho supersticioso por los Paganos y los lectores de Horóscopos de la decadencia y de la Edad Media. Devolver la Astrología a su primitiva pureza, sería, hasta cierto punto, crear una nueva ciencia. Tratemos, pues, únicamente de indicar los primeros principios, con sus consecuencias más inmediatas y más próximas. Debemos partir del principio que toda vida está interconectada entre sí, y El Todo con sí mismo, y cual simbólicamente se representa como un fluído, una Luz, llamada Luz Astral, este fluído recibe y conserva todas las huellas de las cosas visibles; de aquí resulta que la disposición cotidiana del cielo se refleja en esa luz, que, siendo el agente principal de la vida, opera por una serie de aparatos destinados a ese fin por la naturaleza, la concepción, el embrionato y el nacimiento de los niños. Ahora bien, si esa luz es bastante pródiga en imágenes para dar al fruto de una preñez las huellas visibles de una fantasía, o de una delectación de la madre, con mayor razón debe trasmitir al temperamento, móvil todavía e incierto del recién nacido, las impresiones atmosféricas y las afluencias diversas que resulten en un momento dado en todo el sistema planetario de tal o cual disposición particular de los astros. Nada es indiferente en la naturaleza; un guijarro de más o de menos en una carretera puede romper o modificar profundamente los destinos de los más grandes hombres, o aun de los más grandes imperios; con mayor razón el lugar de tal o cual estrella en el cielo no podría ser indiferente en los destinos del niño que nace y que entra por su nacimiento en la armonía universal del mundo sideral. Los astros están encadenados unos a otros por las atracciones que los imantienen en equilibrio y los hacen moverse regularmente en el espacio; esas redes de luz van de todas a todas las esferas y no existe un solo punto en cada planeta al cual no esté unido uno de esos hilos indestructibles. El lugar preciso y la hora del nacimiento deben ser perfectamente calculados por el verdadero adepto en Astrología; luego, cuando haya hecho el cálculo exacto de las influencias astrales, les resta contar las probabilidades de estado, es decir, las facilidades o los obstáculos que el niño debe hallar un día en su estado, en sus padres, en su carácter, en el temperamento que de ellos ha recibido y por consecuencia en sus disposiciones naturales para el cumplimiento de sus destinos; y todavía, habrá de tener en cuenta la libertad humana y su iniciativa, si el niño llega un día a ser verdaderamente un hombre capaz de sustraerse por una poderosa voluntad a las influencias fatales y a la cadena de los destinos. Se ve que no concedemos demasiado a la Astrología; pero, en cambio, lo que le atribuímos es incontestable, es el cálculo científico y mágico de las probabilidades. La Astrología es tan antigua, o más antigua aún que la Astronomía y todos los sabios de la antigüedad viviente, le han acordado la más completa confianza. No hay, pues, que condenar o desdefiar ligeramente lo que nos llega rodeado y sostenido por tan imponentes autoridades.
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Paracelso (1494-1541)
Largas y pacientes observaciones, comparaciones concluyentes, experiencias a menudo reiteradas, debieron conducir a los antiguos sabios a sus conclusiones, y sería necesario si se pretendiera refutarlas, comenzar en sentido inverso el mismo trabajo. Paracelso (seudónimo de Theophrastus Bombastus von Hohenheim, 1493-1541) ha sido quizás el último gran astrólogo de las prácticas; curaba las enfermedades por medio de Talismanes formados bajo influencias astrales y reconocía en todos los cuerpos la marca de su estrella dominante, y ésa era, según él, la verdadera medicina universal, la ciencia absoluta de la naturaleza perdida por causa de los hombres y únicamente hallada por un pequeno número de iniciados. Reconocer el signo de cada estrella en los hombres, en los animales y en las plantas, es la verdadera Ciencia de Salomón, esa ciencia que se ha considerado como perdida y cuyos principios se han, no obstante, conservado como todos los demás secretos, en el Simbolismo del Esoterismo. Se comprende que para leer la escritura de las estrellas es preciso conocer las mismas estrellas; conocimiento que se obtiene por la Domificación Esotérica del Cielo y por el conocimiento del planisferio astrológico, en este planisferio, las constelaciones forman figuras mitológicas que pueden ser reemplazadas por los símbolos del Tarot. Es a ese mismo planisferio al que Gaffarel refiere el origen de la escritura de los patriarcas, que encontrarían en las cadenas de atracción de los astros los primeros lineamientos de los caracteres primitivos; el libro del cielo habrá, pues, servido de modelo al alfabeto hebreo, que sería el resumen de todo el cielo, y la escritura del porvenir... (Continúa en la siguiente página).


 
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